Testimonios 

Lucía, voluntaria desde 2016

Conocí la Fundación hace tres veranos, concretamente por uno de los campamentos que organizamos para las personas con discapacidad. Sinceramente, no me apetecía nada ir, pero no tenía otro plan y finalmente me apunté porque una amiga me animó. A día de hoy pienso que fue una de las decisiones que más me alegro de haber tomado y que más repercusión ha tenido en mi vida, conocer la Fundación.

Los primeros días de campamento pasaron muy despacio, se me hacía agotador tener que encargarme las veinticuatro horas del día de personas dependientes. Sin embargo, desde el principio sabía que había algo distinto ahí de lo que había visto en otros ambientes a lo largo de mi vida. Estaba alucinada y maravillada a la vez. Alucinada en un doble aspecto: Miraba a cada uno de los niños con su sencillez, su dificultad, su discapacidad, y me preguntaba una y otra vez “¿por qué ellos ahí y yo aquí?” Se me hacía muy duro ver a un niño pequeño con autismo, o a una mujer que nunca había podido ver el sol, el mar, las flores… Pero a la vez me sentía aliviada porque veía que a pesar de sus dificultades eran capaces de sonreír, de reír, de disfrutar, de amar, de vivir, a pesar de que a mí me pareciera muy difícil.

Por otra parte, desde el primer día me alucinó el espíritu, la vitalidad y manera de vivir de los monitores. Jóvenes que como yo habían sacrificado parte de sus vacaciones por estar ahí. Se me pone la piel de gallina al recordar las emociones que viví ese campamento cuando por primera vez conocí qué se hacía en la Fundación, y la manera en que trataban los monitores a cada niño: Qué entrega, qué cariño, qué alegría, servicio, olvido de sí mismos…. Me decía a mí misma “¡ojalá llegues a amarles como ellos les aman, qué naturalidad!”

Conforme iban pasando los días me fui sintiendo más cómoda, tanto con los chicos como con los demás voluntarios, y en general con el espíritu de la Fundación. Fui conociendo más a fondo a los chicos con discapacidad que se iban abriendo y me contaban sus preocupaciones e ilusiones…

Ese campamento, y los sucesivos (ya llevo tres), han conseguido hacerme sentir una felicidad que nunca había sentido, un sonrisa auténtica, una sonrisa que no es de este mundo. Han conseguido que cada actividad que hacíamos: Desayunar, comer, cenar, cantar, bailar, pasear, vivir, amar y amar sin límite, se convirtieran en algo distinto, en algo que jamás había experimentado. Me ayudaron a saber disfrutar de cada instante y cada detalle: Una carcajada de Oslym, un dibujo de Margot, la sonrisa de Alvarito, un abrazo de Abraham…

Gracias a la Fundación consigo desconectar de mi mundo, de mí, entregarme a los demás, a disfrutar de lo pequeño. Hay algo en esto que me provoca una alegría extraña e inexplicable: Ver a los chicos, su sencillez, el amor que reparten, su alegría, lo poco que tienen, lo que nos necesitan y lo mucho que nos quieren, me hace sentir muy afortunada y sobre todo me provoca un deseo de querer crecer con ellos. Con cada día que pasa me doy cuenta de lo significativa que es la Fundación tanto para mi vida como para la de tantas personas que necesitan de nuestra ayuda para seguir adelante. 

Carmen, voluntaria desde 2012

Hace unos siete años, me convencieron para ir a un campamento de chicos con discapacidad. Recuerdo que al principio me dio hasta miedo: ¿Sabré hacerlo? ¿Es peligroso? ¿Cómo voy a ir sola?

Nunca imaginé que esa experiencia me iba a cambiar la vida.

Han sido siete años de aprendizaje. Porque estas personas son maestros. Maestros de vida. A mí me han enseñado cómo deberíamos ser. A disfrutar de cada cosa. A mirar de otra manera. A vivir el presente.

A partir de ese campamento decidí que yo siempre querría estar cerca de esas personas. Y desde entonces, más campamentos, la casa hogar, las actividades con ellos… Sólo puedo dar las gracias a cada uno por todo lo que me han enseñado y sobre todo por hacerme feliz. Es una felicidad que no he encontrado en ningún otro lugar y por ello sólo puedo dar las gracias. Gracias. 

Sonsoles, voluntaria desde 2017

Para mí la Fundación Proyecto Persona fue un gran descubrimiento, como una gran mina de oro de amor incondicional. Antes de conocer la Fundación estaba en una crisis emocional, supongo que la típica crisis que mucha gente pasa en la que te preguntas por el sentido de la vida y tu papel en ella. Cuando fui a mi primer campamento aprendí muchísimo de los chicos, que a pesar de tener una vida tan dura eran plenamente felices simplemente compartiendo y queriendo a los demás. Es un choque fuerte pararte a pensar el como tú, teniendo todo, no llegas a disfrutar de la vida y de las personas ni la mitad que ellos. Descubrí que estando ahí era muy feliz porque me sentía incondicionalmente querida por ellos y que yo por fin sentía que quería a alguien de esa misma manera.

El Padre Jorge, precursor del proyecto, ha pasado a ser una persona muy importante en mi vida, ya que no solo siento admiración por la labor que lleva a cabo, si no que me ha enseñado infinitud de cosas maravillosas que he podido aplicar a mi vida y me hacen más feliz.

En cuanto a los voluntarios, solo puedo decir que “Dios los crea y ellos se juntan”. Gente maravillosa con la que compartes momentos de felicidad pura y que pasan a formar parte de tu vida por lo únicos que son.

Gracias a las actividades mensuales que organiza la Fundación puedo ir a ayudar, a darme y a tener mis horas de felicidad asegurada con gente tan excepcional en mi vida. 

Edu, voluntario desde 2012

Conocí la Fundación en su origen en el año 2012, hace ya seis años de eso, desde entonces he crecido con la Fundación.

Al principio, participando de aquella manera, e involucrándome un poco, por juventud y no por cabeza, me encuentro de primeras con una realidad social completamente diferente que me hace despertar. Encontré algo distinto a todo lo que me rodeaba, algo más auténtico. 

La Fundación me ha aportado aquello que no era capaz de encontrar en ningún otro lado, he descubierto aquí la autenticidad de las relaciones humanas y he aprendido a entender lo que puede llegar a significar el verbo amar. Pero lo más importante para mí, ha sido y es, sin pelos en la lengua, que encontré un lugar donde vivir el Evangelio, o por lo menos, intentarlo.

En los campamentos, las actividades y todo un etcétera de ocasiones, a los voluntarios se nos presenta la oportunidad de entregarnos, en la medida en la que estemos dispuestos, pero de una u otra manera, sí o sí, te encuentras con la ocasión. Este hecho ha repercutido de forma directa en mí, ya que, como dicen por ahí, tu corazón lo reconoce y es en forma de alegría.

  

Fundación Proyecto Persona
 
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